EL VIAJE.

Lo que le hizo tomar la decisión de no volver nunca más fue el gran deseo de hacerlo.

Volver significaba entrar otra vez en aquel cascarón que le protegía de todos los males mundanos del día a día. La idea de regresar evocaba el sosiego y la calma absoluta que solo es capaz de ofrecerte aquello que ya conoces de principio a fin, como aquella película favorita que deja de sobresaltar tras la undécima vista.

Volver era despojarse del miedo al porvenir, pues el futuro comenzaba a ser más sencillo de presumir; era despreocuparse y también era encajar de nuevo en el vacío que uno deja tras la huida.

Qué bien encontrar la apática felicidad propia de una vida sin sobresaltos, pero qué dolor perder la oportunidad de envejecer con las bonitas heridas de quien ha vivido intensamente y sin pavor a andar lleno de cicatrices.

Después de unas horas con sensación de eternidad, se dio cuenta que su verdadera esencia no era otra, sino la propia de un viajero empedernido y apátrida. La de un viajero que no utiliza mapas ni brújulas, pues su corazón tiene el don de la intuición. Esencia ingobernable, que no necesita pies, dado que las alas le surgen innatas de su imaginación.

Y de esta manera, no solo decidió no volver, decidió caminar más lejos todavía. Por esa razón y por la fuerza de su determinación, vivió como quien encuentra el secreto de la vida; se empapó de culturas frescas y coloridas; perdió el miedo a los monstruos que nos acechan cuando partimos rumbo a lo desconocido; se enamoró en mil idiomas diferentes, pero hablando siempre la misma lengua – la del amor y de la amistad -; las olas que buscaban ser rotas, el canto de las cigarras, algún que otro aullido y el sonido de las golondrinas, comenzaron a ser la banda sonora original de su vida; se perdió en cada atardecer de septiembre; olvidó que las fronteras son líneas dibujadas en un despacho y comprendió que aquel que no entiende de diferencias entre pueblos y razas, es el único que está verdaderamente preparado para salvar a la humanidad.

Después de pasar los mejores años de su vida embarcando en barcos sin temor a naufragar, un día se despertó con el alma casi plena y descubrió que  había llegado el momento de volver.

Y así fue como volvió a la tierra que le vio crecer. Lo hizo con diez kilos menos, con un cuaderno lleno de historias que nadie conocerá nunca. Y también regresó con la altanería necesaria para permitirse dar una sentencia irrebatible, con pinceladas de dogma: “No hay mayor ni mejor biblioteca, que la mente de alguien que ha viajado”.

Categories: Diarios, cartas

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